En este mundo pirámide
En este mundo pirámide la base es una multitud de fuertes que soporta el peso de los débiles de la cúspide. Esos débiles, que son los menos, se rodean de acorazados, de verjas y alarmas de seguridad, de cámaras para ver quién merodea por delante de sus casas: palacios de cristal ahumado que no deja ver cuánto miedo parapeta en su interior. Esos quejicas de la organización tiemblan cuando su dinero incontable empieza a poder ser contado y pierde ceros y gana desprestigio e inflación curativa. Se enfrentan al mundo portando gafas de sol, grandes abrigos, coches de lujo, yates; con la intención de despistar a los grandes seres que soportan sobre sus hombros el peso de sus casas y palacios, sus rascacielos alienantes, sus noches de fiesta a costa de los escasos embates contra el sistema. Y el sistema no es otra cosa que la forma en la que los miedosos débiles edifican un muro, cada vez más alto, para impedir que los fuertes descubran sus lágrimas al no conciliar el sueño y entiendan que con sólo un soplo de aire unificado derribarían su choza como el lobo hiciera con la de uno de los tres cerditos.
Es cierto, son más de tres los cerdos que ensanchan su trasero colmado, desvalido pero super-alimentado porque sienten un vacío que nada es capaz de llenar.
Los fuertes, sin embargo, no portan gafas -ni de sol ni graduadas- y se les escapa por ello el simple detalle de la mota de polvo que se posa sobre sus almas estáticas, frenadas hace demasiado tiempo. Los fuertes, (brazos y espaldas como armarios de cuatro puertas), se ocupan en arrastrar el peso del mundo y no dedican un momento a entender que basta decir no con advertencia unánime, manos unidas y voz de todos en una sola palabra.
Por eso, aunque resulte extraño, del todo incongruente, este mundo se mueve al son de los débiles.

Los fuertes, confundidos, han optado por convencerse de que el dinero es el arma y la batalla está perdida de antemano. No quieren entender que el dinero sólo es la forma de distinguir ambos grupos. Aquellos que lo tienen se mueven rápido, mirando a todas partes, temblando ante la idea de perderlo y tener -demasiado tarde- que aprender a ser fuertes y a cargar el peso del mundo sobre sus hombros sin sucumbir en el intento. Mientras tanto, los débiles juegan al engaño para que ningún fuerte vea cuando mire, oiga cuando escuche, entienda cuando piense.
De vez en cuando aparece un fuerte que empuja la pirámide por uno de sus costados y, con ayuda de unos pocos, hace que se ladee lo justo como para que los débiles se alarmen y construyan más puentes y muros y parapetos y acorazados y alambradas electrificadas. Es por ello que, al recrudecerse la vigilancia, el resto de los fuertes agacha la cabeza y camina mirando al suelo, convencido de que su destino es arrastrar el peso del mundo porque no vale nada y nada tiene.
Entonces los débiles se reúnen y, al son de bombos y platillos, deciden repartir migajas, inventar nuevas necesidades y cortar cabezas, lenguas, manos y piernas. Secuestran al causante del empujón de base fatídico y lo torturan con riquezas para que vista su alma de olvido e impotencia.
En este mundo pirámide, los más aprenden a sentirse los menos y los tan pocos se esfuerzan en demostrar que son los suficientes como para que todo siga igual.
Sin embargo, por las noches, los débiles se acompañan de un amor que les cuesta caro y que han de alimentar a cada segundo con agasajos -bisutería que compra el papel moneda- y toman pastillas y se beben en copas de cristal de bohemia su miedo a dormir y no despertar en el mismo lecho.
Pero los fuertes, por las noches, aprovechan que la vida sigue siendo y hacen del amor una fiesta que no necesita más riqueza que la de los cuerpos que se acercan para descubrirse mutuamente el verdadero tesoro de la existencia. Se duermen felices y rendidos ante el esfuerzo concedido al amor y a la vida y celebran el descanso con agradecimiento y sin pensar en si alguna vez dejará de haber un nuevo día.
Y cada mañana hay un débil que despierta aterrado ante la idea de que un día los fuertes decidan -todos a la vez y de una vez por todas- dar el empujón necesario en el mismo punto de la base piramidal. Y es lógico que despierte despavorido, es lógico que desayune terror y se vista con el miedo porque, si los fuertes supieran que lo son, las estructuras todas -y de a una- desaparecerían con un sencillo, simple, fugaz y unánime empujón.






